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Cuando recordamos nuestra adolescencia, es fácil referirnos a ella como esa hermosa etapa en la que vivimos experiencias que son gratas de recordar.

¿Qué pasa entonces cuando un adulto siente frustración ante el comportamiento adolescente? ¿Será que sumido en su mundo adulto ha olvidado las claves para entender a los adolescentes? ¿Las que utilizaba en sus diécitantos para comunicarse con sus pares? Para eso es necesario sumergirnos en nuestra propia adolescencia y hacer un viaje de regreso a ésta, para con nuestra experiencia previa comprender qué es lo que ocurre en el cerebro adolescente.

La adolescencia es un período de muchos cambios y cada persona lo experimenta según sus circunstancias personales y a su propio ritmo.

Lo primero: ¿por qué a algunos padres se les hace difícil educar a sus hijos adolescentes, por qué el adolescente comienza a cuestionar a sus padres? (Invito que a la par de leer los siguientes puntos, los padres, abuelos, maestros recuerden una experiencia vivida en su adolescencia similar a lo descrito junto a cada número).

  1. Cambios en el adolescente: Aunado a los cambios corporales de la adolescencia, se producen los psicológicos y esto a su vez modifica la relación entre padres e hijos. El hijo ya no piensa, siente ni se comporta como niño. El padre se enfrenta a lo nuevo, aceptar a su hijo con sus nuevos retos.
  2. Nuevas concepciones acerca de la vida: Arribar a la adolescencia trae consigo concebir diferentes ideas acerca del mundo: de los valores, de la ética, de la sociedad, etcétera. No siempre la forma de percibir el mundo por parte del adulto coincide con la visión del adolescente. Ahí comienzan las fricciones. Recordemos que los adolescentes tienen un papel fundamental en el mundo, ellos son símbolo del progreso, sin las nuevas concepciones acerca de nuestro entorno, que comienzan a manifestarse a partir de la adolescencia el mundo no evolucionaría. Para evidenciarlo sólo es necesario echar un vistazo a cómo era todo cuando nuestros abuelos o nuestros padres eran adolescentes.
  3. Los adolescentes perciben diferente al adulto: Durante la niñez solemos ver a nuestros padres como héroes, seres llenos de virtudes, nuestro máximo ejemplo a seguir. Al alcanzar la adolescencia esto da un giro, comenzamos a darnos cuenta de los errores que cometen nuestros padres, de sus fallas, incluso en la educación que nos brindaron y es ahí cuando comienzan los reclamos, o lo que se conoce como desafío a la autoridad. Por supuesto, si nosotros —los adultos— lo experimentamos cuando éramos adolescentes, nuestros hijos, sobrinos, nietos y alumnos también lo experimentarán y a nosotros nos tocará ser juzgados.

Esto supone un malestar interno también para el padre, quien tiene que aceptar que ya no representa lo mismo para su hijo. El padre puede enfrentarse con éxito a la crítica si no se impone en su autoridad, si se reevalúa en cuanto a logros y fracasos, y si respeta que el adolescente tiene su propio punto de vista. Posteriormente, hacia la etapa adulta, cuando se alcanza la madurez, comenzamos a aceptar las faltas de nuestros padres y a no culparlos por ello. Sucede que los vemos como seres humanos, con derecho a equivocarse también. Así que nuestros hijos (alumnos, sobrinos, nietos) también lo descubrirán a su debido momento.

  1. La dependencia económica: Es otro punto que puede hacer más tirante la relación padre-hijo. Aunque el adolescente desee ser más independiente, el lazo económico aún lo obliga a aceptar y a respetar la autoridad de los padres. Eso en situaciones conflictivas le hace resentirse contra el adulto. No es que esté bien o mal, simplemente es algo que hace más tirante la situación.
  2. Fluctuaciones de identidad: Al pasar de la niñez a la adolescencia la identidad se enriquece. En esa búsqueda y aceptación, el adolescente pasa por fluctuaciones que le ayudan a definir y a establecer su identidad. Se evidencia en sus actitudes, su vestimenta, el comportamiento según el grupo. Va experimentando hasta que se descubre, se autoconoce, se acepta y desarrolla.
  3. La libertad y la independencia: La forma en que se le otorgue libertad de experimentar al adolescente, influye en el éxito que tenga éste en el desarrollo de su independencia y la obtención de la madurez. Acertar en la dosis correcta de libertad que debemos dar a nuestros hijos según las diversas situaciones, es todo un reto. Nos equivocaremos y lo haremos mejor la siguiente vez. Tenemos que poner en la balanza el riesgo y el beneficio de cada circunstancia. Para tomar esta decisión nos ayudará todo el trayecto recorrido junto a nuestros hijos desde la niñez a la adolescencia. Hay que educar pensando que nuestra pequeña criatura va a crecer —antes de lo que imaginamos—, que el mundo donde experimente su adolescencia va a ser —en muchas ocasiones— terreno desconocido para nosotros y hay que prepararlos para ello, porque no siempre vamos a poder estar ahí para guiarles. Hay que alimentar su criterio de juicio desde la más tierna edad. Recordemos cuantas veces hemos estado ante una bifurcación en nuestro camino, ráscandonos la cabeza mientras nos debatimos qué rumbo tomar. ¿Por qué tendría que ser diferente con nuestros hijos?
  4. La evolución: El adolescente en medio de su proceso creativo se enfrenta a la necesidad de transformar al mundo, de acuerdo a sus nuevos ideales. Al hacerlo se topa con las estructuras y principios inamovibles de la sociedad pero nada lo frena. Retomo en parte el punto dos, las nuevas concepciones acerca del mundo no se van a quedar en ideas, el adolescente tiene toda la fuerza para conseguir sus propósitos. Incluso, según su edad cronológica y lo esperado, tiene más tiempo que nosotros para trabajar en sus ideas. Para cuando ellos sean adultos, serán los herederos del mundo y éste se regirá bajo sus propias reglas, que a lo mejor son una versión mejorada de las nuestras, o son totalmente innovadoras.

 

¿Por qué el adolescente es tan intenso al expresar emociones como alegría, enojo, tristeza, entre otras?

Porque está lleno de vida, de ímpetu, porque aún no le preocupa lo que hará o será en su futuro. El adolescente cree que tiene todo el tiempo del mundo.

 

¿Qué pasa entonces cuando un adulto siente frustración ante el comportamiento adolescente?

1. La vitalidad del adolescente frente a lo rutinario de la vida del adulto: El adulto se enfrasca en la seriedad de la vida, en los problemas que requieren solución, en el sustento de la familia, en brindar una buena educación a sus hijos en miras del futuro de estos. El adulto desea preparar a sus hijos para que enfrenten la vida con éxito cuando les toque ser independientes. El adulto ha vivido más, ha sufrido más, ha aprendido más. La experiencia propia, la educación recibida de sus mayores, las evidencias recabadas mediante la observación, la escucha y la convivencia con otras personas, han sentado las bases en su pensamiento y le guían en sus decisiones diarias, no sólo para su propia vida sino también para influir el pensamiento adolescente.

El adolescente no entiende de esa urgencia. Es su turno de crecer, de experimentar, de crear, de aprender por sí mismo, de asumir retos y riesgos. Y sucede, por tanto, en ciertos casos, que parece que el adulto y el adolescente al perseguir objetivos distintos están en mundos diferentes o polos opuestos. Ambos tienen razón al expresar su modo de ver la vida. Encontrar un punto medio en los objetivos de cada uno es esencial para el equilibrio en la relación.

Y, por otro lado, no sólo nuestros padres son los adultos que pueden influir en nuestra vida como adolescente. Basta recordar, cuando éramos adolescentes, quién era ese adulto que llamaba nuestra atención —si es que lo había—, quién era nuestro modelo elegido para seguir, consciente o inconscientemente. Si los valores e ideas de ese adulto diferían a los de nuestros padres, era algo más que también generaba conflictos. Lo mismo ocurre con nuestros hijos, alumnos, sobrinos y nietos, aunque nos esforcemos, ellos elegirán y no podemos imponernos en este aspecto.

2. La creatividad en el proceso de cambio de la niñez a la adolescencia: La creatividad en el adolescente es el rasgo que más tenemos que incentivar. Al final, el adulto necesita la frescura del adolescente para no olvidarse de soñar, de arriesgar, de crear. Y el adolescente necesita del adulto:

-para que al asumir riesgos los excesos no le lleven por caminos demasiado sinuosos,

-para tener una guía cuando sea necesario despejar el trayecto a la madurez,

-para solventar sus gastos,

-para enseñarles a valerse por sí mismos en lo económico, lo ético, lo moral,

-para brindarles apoyo en momentos de crisis,

-para preparar el terreno, así como nuestros padres y abuelos lo hicieron para nosotros,

-para heredarles lo que nos corresponde como sus antecesores en el mundo.

P.D. Si te ha gustado comparte 🙂 Ayudemos a mejorar las relaciones humanas. Hagamos a padres e hijos felices. Hagamos adultos y adolescentes más compatibles. Se puede, sólo se necesita más empatía del adulto hacia el adolescente. La experiencia previa del adulto, que ha transcurrido con éxito la adolescencia, le faculta —en el mejor de los casos— para guiar al adolescente en su proceso de desarrollo.

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